
- Sabes... hay muchos escritores que buscan en las musas su inspiración... en la historia muchos de ellos han recurrido a estos seres y otros tantos han ido directamente al grano llamando a su vera a las ninfas. ¿Sabes lo que son las ninfas? Supongo que no...
Las ninfas son criaturas jóvenes y hermosas, de tez blanca y mirada atrayente. Son como las hadas pero sin alas. Habitan en todo el mundo y, dependiendo del lugar en el que se encuentren se las llama o conoce de una forma. Las nereidas o ninfas de los mares, las náyades o espíritus del agua, las alseídes que se esconden en las flores, las oréades que abundan las montañas, las dríades que habitan los bosques, las napeas que habitan los valles... Son grandes conocedoras de la naturaleza y sus secretos, hábiles en el desvelo de profecías y alimento de los poetas. Muchos hablaron de ellas para hacerles homenaje, otros tantos las invocaban y hacían ofrendas de leche, aceite y miel e, ignorantes, muchos otros pensaron que podían enamorar a una de estas bellezas y tenerlas consigo durante el resto de sus días. Las ninfas siempre gozaron de un olfato selecto para el romance y no bajaban el listón por debajo de aquel que no fuese un dios. Faunos y sátiros pretendieron sorprender en muchas ocasiones a alguna de estas damas, pero nunca consiguieron más que quedar con la boca abierta y un dolor agudo en sus partes más ocultas. Les dedicaron obras literarias y bellas pictografías, poemas y sonetos de delicado estilo. Homero, Virgilio, Garcilaso de la Vega, Rubens o Jean Goujon quedaron prendados y a ellas dedicaron una parte de su obra, por no decir, su vida misma. Pero sabes muchacho, de nada sirvieron sus recreaciones, todos tomaron su talento como fantasía. Yo, en cambio, he seguido durante mucho tiempo la historia de estas criaturas y me puedo sentir orgulloso de haber sido testigo de la más bella dama que de las ninfas se conoce. De hecho, por eso salgo cada noche al balcón o me quedo junto a la ventana.
Cada noche mi ritual supone un pequeño homenaje a la más grande ninfa de todos los tiempos. No son inmortales y alguien dijo que quizá vivieran poco más de nueve mil setecientos años, creo que fue Plutarco quien lo afirmó con seriedad científica, que en aquellos tiempos a bien se tenía. Cada noche mi conmemoración va dedicada a Calisto y desde aquí recuerdo su historia tal y como la contaran los antiguos. Acércate muchacho, no quiero que se airee mi secreto por ahí... todos esos viejos están chochos y se les va demasiado la lengua...
A la diosa griega de la caza y la castidad, Artemisa, le gustaba verse siempre rodeada de ninfas. Estas bellas criaturas le llenaban de un orgullo extraño de entender. Como amante del celibato, Artemisa procuraba mantener a sus ninfas virginales y puras. Recorría montes y valles, ríos y lagos... y siempre en compañía de sus damas. Con ellas corría, se bañaba... le gustaba el mundo salvaje, la naturaleza en todo su esplendor, pero su rechazo hacia el contacto sexual era algo que le sacaba de sus casillas y, así como no lo quisiera para ella, lo prohibía en aquellas que le acompañaban hasta el punto de utilizar métodos violentos si se veía en la necesidad de ello. Pero la diosa no era omnipresente y una de las ninfas más bellas de su séquito tuvo ciertos escarceos que acaban en la alcoba del gran Zeus. Nadie supo nada durante un tiempo, hasta que Artemisa y la hermosa Calisto, se desprendieron de sus ropas para darse un refrescante baño en el río. La ira encendió a la diosa cuando descubrió que su amada ninfa se encontraba en cinta. Entonces Calisto desveló la identidad del padre avergonzada por romper su juramento de virginidad. Artemisa no pudo soportarlo. Repudió a Calisto, la apartó de su lado y la transformó en osa para evitar así los deslices amatorios para con el dios. No habiendo pasado mucho tiempo, en una partida de caza, un hombre dio muerte a la ninfa. La pena de Zeus fue tan grande, que recogió con ternura el cadáver de su amada Calisto y la colocó en el cielo convertida en estrella, la Osa Mayor.
Cada noche yo salgo aquí fuera, con un libro en mis manos y le leo unos versos de alguno de los autores que una ninfa inspirara a escribir. Así rememoro su grandiosidad y belleza, en definitiva, mantengo vivo su recuerdo para que con su luz siga motivando grandes obras en todo el mundo. Quizá sea un aporte ínfimo, no más que un granito de arena en un gran desierto, pero eso es mejor que nada y sé de buena tinta que no soy el único que admira la belleza de esa maravillosa estrella. Muchos incluso salvaron su vida o encontraron su rumbo gracias a ella. Este es mi pequeño regalo por todo lo que han dejado en este mundo. Este es mi modo de agradecer su existencia.
Las ninfas son criaturas jóvenes y hermosas, de tez blanca y mirada atrayente. Son como las hadas pero sin alas. Habitan en todo el mundo y, dependiendo del lugar en el que se encuentren se las llama o conoce de una forma. Las nereidas o ninfas de los mares, las náyades o espíritus del agua, las alseídes que se esconden en las flores, las oréades que abundan las montañas, las dríades que habitan los bosques, las napeas que habitan los valles... Son grandes conocedoras de la naturaleza y sus secretos, hábiles en el desvelo de profecías y alimento de los poetas. Muchos hablaron de ellas para hacerles homenaje, otros tantos las invocaban y hacían ofrendas de leche, aceite y miel e, ignorantes, muchos otros pensaron que podían enamorar a una de estas bellezas y tenerlas consigo durante el resto de sus días. Las ninfas siempre gozaron de un olfato selecto para el romance y no bajaban el listón por debajo de aquel que no fuese un dios. Faunos y sátiros pretendieron sorprender en muchas ocasiones a alguna de estas damas, pero nunca consiguieron más que quedar con la boca abierta y un dolor agudo en sus partes más ocultas. Les dedicaron obras literarias y bellas pictografías, poemas y sonetos de delicado estilo. Homero, Virgilio, Garcilaso de la Vega, Rubens o Jean Goujon quedaron prendados y a ellas dedicaron una parte de su obra, por no decir, su vida misma. Pero sabes muchacho, de nada sirvieron sus recreaciones, todos tomaron su talento como fantasía. Yo, en cambio, he seguido durante mucho tiempo la historia de estas criaturas y me puedo sentir orgulloso de haber sido testigo de la más bella dama que de las ninfas se conoce. De hecho, por eso salgo cada noche al balcón o me quedo junto a la ventana.
Cada noche mi ritual supone un pequeño homenaje a la más grande ninfa de todos los tiempos. No son inmortales y alguien dijo que quizá vivieran poco más de nueve mil setecientos años, creo que fue Plutarco quien lo afirmó con seriedad científica, que en aquellos tiempos a bien se tenía. Cada noche mi conmemoración va dedicada a Calisto y desde aquí recuerdo su historia tal y como la contaran los antiguos. Acércate muchacho, no quiero que se airee mi secreto por ahí... todos esos viejos están chochos y se les va demasiado la lengua...
A la diosa griega de la caza y la castidad, Artemisa, le gustaba verse siempre rodeada de ninfas. Estas bellas criaturas le llenaban de un orgullo extraño de entender. Como amante del celibato, Artemisa procuraba mantener a sus ninfas virginales y puras. Recorría montes y valles, ríos y lagos... y siempre en compañía de sus damas. Con ellas corría, se bañaba... le gustaba el mundo salvaje, la naturaleza en todo su esplendor, pero su rechazo hacia el contacto sexual era algo que le sacaba de sus casillas y, así como no lo quisiera para ella, lo prohibía en aquellas que le acompañaban hasta el punto de utilizar métodos violentos si se veía en la necesidad de ello. Pero la diosa no era omnipresente y una de las ninfas más bellas de su séquito tuvo ciertos escarceos que acaban en la alcoba del gran Zeus. Nadie supo nada durante un tiempo, hasta que Artemisa y la hermosa Calisto, se desprendieron de sus ropas para darse un refrescante baño en el río. La ira encendió a la diosa cuando descubrió que su amada ninfa se encontraba en cinta. Entonces Calisto desveló la identidad del padre avergonzada por romper su juramento de virginidad. Artemisa no pudo soportarlo. Repudió a Calisto, la apartó de su lado y la transformó en osa para evitar así los deslices amatorios para con el dios. No habiendo pasado mucho tiempo, en una partida de caza, un hombre dio muerte a la ninfa. La pena de Zeus fue tan grande, que recogió con ternura el cadáver de su amada Calisto y la colocó en el cielo convertida en estrella, la Osa Mayor.
Cada noche yo salgo aquí fuera, con un libro en mis manos y le leo unos versos de alguno de los autores que una ninfa inspirara a escribir. Así rememoro su grandiosidad y belleza, en definitiva, mantengo vivo su recuerdo para que con su luz siga motivando grandes obras en todo el mundo. Quizá sea un aporte ínfimo, no más que un granito de arena en un gran desierto, pero eso es mejor que nada y sé de buena tinta que no soy el único que admira la belleza de esa maravillosa estrella. Muchos incluso salvaron su vida o encontraron su rumbo gracias a ella. Este es mi pequeño regalo por todo lo que han dejado en este mundo. Este es mi modo de agradecer su existencia.
Ahora entiendo esa obsesión tuya por vivir en el monte como una hermitaña....
ResponderEliminaraunque me alegro de que te vaya tan bién...